La vida inicia con un suspiro y con un suspiro termina. Qué breve la existencia material comparada con el sueño eterno.
Cementerio deriva del vocablo griego koimeterion, que designa el lugar donde se duerme, al aludir a la muerte como el gran sueño.
Al pasar frente a un cementerio, a menudo se presenta un sentimiento de absoluta despreocupación. Es ahí donde yacen los que por fortuna, no somos nosotros.
Jardín de los muertos, Campo Santo, lugar del eterno descanso; de cualquier modo, al internarnos, el extraño silencio se rompe, el misterio se presiente, el perfume de las flores se percata póstumo; la atmósfera nos evidencia la terrible escena; se trata del sitio donde ha sido consignado el reposo de los restos mortales de quienes alguna vez gozaron del impulso vital, la ilusión vivaz, la libertad, la voluntad, la confianza en que la vida no termina…hasta que termina.
El lugar nos denuncia que, inevitablemente, algún día nuestros restos serán colocados ahí, o tal vez los de algún ser querido que aún sigue en el viaje con nosotros. En ese momento nos es revelada nuestra naturaleza sensible, finita, incapaz de imponerse ante la insoslayable muerte, surge el re-conocimiento de nuestro origen y el compromiso de retornar a él.
En fin, la última morada…aquí donde todos alcanzaremos la completud, no obstante los sobrevivientes continúan con sus faltas y deseos incumplidos.
¿Tan sólo quedan inhumados los cuerpos? No desde luego. Se perpetúan las aventuras al lado de ellos, que habremos de compartir verbalmente una y otra vez con otros seres. La coexistencia, prueba de dos puntos de unión en el infinito universo. Las sensaciones que sólo en correspondencia con ese ser pudieron devenir. El punto de intersección de dos destinos que sólo juntos pudieron resultar en eventos únicos. Las palabras dichas y las nunca pronunciadas, los abrazos prodigados, los jamás dados. Todo ello queda ahí.
Cuánto sollozo y desconsuelo, cuánta soledad, aflicción. Tantos recuerdos que vienen y suscitan, paradójicamente, en imágenes evocadas, sensaciones invocadas, el revivir de aquellos tiempos.
Pero no todo es dolor, pesar, quebranto, melancolía al acudir a un cementerio. Surgen sentimientos de esperanza de una vida eterna. Se inicia el diálogo con los muertos en espera de una respuesta a la solicitud de un consejo, a la inevitable pregunta “¿cómo es allá?” con la ilusión de un bienestar eterno. Se pronuncian palabras de amor, se hacen ofrecimientos, juramentos.
Se proclama la rebelión, se anuncia la liberación, se exhibe el deseo omnipotente de vencer a la muerte o al menos, retrasarla un tiempo más.
Y, temerariamente, tal vez hasta imprudentemente iniciamos también un diálogo con la muerte pretendiendo sellar pactos, hacer acuerdos con ella, obtener respuestas:
YO: ¿Llegarás? ELLA: Inevitablemente. YO: ¿Cuándo? ELLA: Impredeciblemente. YO: ¿Cómo? ELLA: Indefinidamente. YO: ¿Dónde? ELLA: El escenario no importa, el resultado siempre es el mismo. ¿Tienes miedo? YO: ¿Miedo? Nacemos sin él, he de morir igual. ¿Obedeces al mandato de Dios o eliges al azar? ELLA: Es una cadena de eventos. YO: ¿Serás oportuna? ELLA: Depende de ti. En la vida no te enfrentas con la realidad, sino con tu descripción de la realidad. La muerte es habitual, persistente, absoluta, colectiva. Cuando comprendas esto, admitirás que soy consustancial a ti, que somos inseparables desde el momento de tu nacimiento.
También en este escenario, sobre su superficie, advertimos la ficticia desigualdad, al observar la variedad en las construcciones; sepulturas de magníficos o sencillos materiales, bellas estatuas angelicales, grandes capillas, elegantes nichos, austeras lápidas, tumbas abandonadas unas, meticulosamente cuidadas otras. Todos conformando una mezcla única. Ni los signos ni las señales colocadas hacen la diferencia. Todos esos cuerpos bajo tierra, ni más refinada ni más humilde. El mismo elemento que nos proclama enfáticamente urbi et orbi (que todo el mundo sepa) “de aquí eres y aquí regresas” y que nos recuerda que todos miraron la misma luna, las mismas estrellas y disfrutaron del mismo sol. Y como siempre, en esta o en la otra vida, son almas, esencia, voluntades, inteligencias que se tocan, que comparten la misma atmósfera, los mismos aires marinos, el mismo amanecer.
Y al permanecer unos momentos en el cementerio, el aspecto más elevado de nuestro ser emerge al aceptar que el ciclo de la creación y evolución continúa, por siempre, para siempre. Es necesario entonces, resolver vivir nuestra propia vida, sincera, audaz, libre, con dignidad, sin ficciones, sin convencionalismos; digamos existir, antes del retorno, antes de acudir al sueño eterno.